28 de noviembre 2019. SEVILLA/FARO/FRANKFURT


Hace cincuenta años dos niñas jugaban en el patio del colegio. Una rubia, otra morena. La morena le ofreció a la rubia un cuadernito que se llamaba "El lápiz mágico", ante sus ojos, arrastrando un lápiz sobre la página, aparecía un dibujo fascinante.



Hoy, cincuenta años después, las dos niñas celebran las bodas de oro de ese encuentro. Ya no son tan niñas, pero si se miran a los ojos descubren la misma ilusión y las ganas de descubrir los dibujos que aparecerán ante sus ojos durante un viaje a Alemania.

Ha costado organizar el viaje. Al fin y al cabo son "boomers", y eso significa que les resulta más fácil arrastrar un lápiz por una página mágica que manejar aparatejos de la nueva generación. No diré cuál de las dos ha estado dándole con el dedito hacia atrás desde el 2019 hasta el 1963, para poder marcar su fecha de nacimiento al hacer el cheking.

Pero por fin todo está cerrado: llevamos los billetes en el móvil y, por si acaso, en papel impresos, llevamos ropita apropiada para el frío, y como remate final, nos hemos comprado dos gorritos de lana iguales. Uniformadas, como hace cincuenta años. No se puede pedir más.

A las 8,30 Javier nos deja en la estación de autobuses. Cogemos un autobús que no dejará en Faro (Portugal), donde cogemos el vuelo hacia la ciudad de Memmingen, donde nos recogerá Amelita a las 11,30 h. Primer lío ¿es hora portuguesa o alemana?

Cumplimos el horario con puntualidad británica. Nos subimos en un autobús lleno de jóvenes mochileros. Sevilla nos despide con una niebla que casi no nos deja ver el Guadalquivir.

A mitad de camino, para el autobús en una gasolinera. La gente sale a fumar, a hacer pipí, y empezamos a impacientarnos. Le preguntamos al chófer, que tiene una flema considerable y nos dice que vamos sobrados de tiempo.

Por fin sube todo el mundo y cogemos la carretera a Huelva. Vemos con asombro que no coge el desvío hacia Portugal, y se mete en Huelva, incluso nos metemos por una callecilla en la que vamos arrancando ramas de unos naranjitos birriosos. Un hombre nos mira asombrado, y nosotras no queremos ni mirarnos. Dos chicas que van también a Faro le preguntan si llegaremos a tiempo. Dice que sí, mientras entra en la estación de autobuses de Huelva a recoger a dos chicas. 

A las 11 nos cierran las puertas de embarque, y a esa hora estamos cogiendo el desvío de la autovía de Portugal. Amelia engulle un bocadillo casi sin masticar, como si fuera una boa constrictor. El hombre se mete en un parking del aeropuerto, se baja y se enciende un cigarro mientras le lanzamos miradas de odio, cogemos las maletas y salimos a correr por el aeropuerto. Y corremos. Y saltamos barreras de seguridad, y atropellamos a jubilados nórdicos que arrastran palos de golf. En el control deciden cachear a Amelia, y yo casi me pongo de rodillas ante el de seguridad. Se le había olvidado el móvil en el culo y se lo requisan, y la botellita de agua que llevaba en la mochila. 

Su móvil lo pescamos junto a los zapatos tipo curapies de una señora. Vuelta a correr. Yo voy pensando que cuando vuelva a Sevilla tengo que apuntarme a un gimnasio, mientras veo el culo de Amelia corriendo por los pasillos, mientras arrastra la bufanda y la chaqueta por todo el aeropuerto. 

Por fin vemos la puerta de embarque y dos azafatas nos cierran el paso. Amelia implora, se arrodilla, le dice que llame al "manager", y grita como una posesa "¡pero si el avión está ahí! ¡nosotras corremos!", Lo dice en perfecto andaluz, pero como si lo dijera en ruso, porque las azafatas se cierran en banda y no nos dejan pasar. Yo pensaba que iba a saltar la barrera como el niño de la película "Love Actually".

Total, que perdemos el vuelo. 

Apesumbradas volvemos sobre nuestros pasos y nos cruzamos con las dos niñas jóvenes del avión, que para nuestro consuelo, llegan más tarde que nosotras. 

Buscamos el mostrador de la compañía, para ver si nos pueden cambiar los billetes. No queremos ni mirarnos ni hablar. Explicamos lo que nos ha pasado a una impertérrita señorita, y nos dice que sólo podemos coger un vuelo que sale a las cinco de la tarde hacia Frankfurt. Y eso pagando 100€ más por cabeza. Lo pagamos sin dudarlo. 

Amelia llama a su hija, para que no vaya a recogernos al aeropuerto. Los gritos se escuchan desde donde yo estoy. Estaba en una reunión con su jefe y tuvo que salirse para hablar con nosotras. A mí, ya con los billetes en la mano, me entra un ataque de risa. Amelia se enfada conmigo y me grita ¡no te rías! pero no puedo parar, tanto que Martita mi hija, cuando hablo con ella me dice "¡mamá, pero ¿estás llorando o riéndote?".

En fin, que pasamos un inolvidable día en el aeropuerto viendo pasar jubilados con palos de golf. Y cogemos el avión a la hora que tendríamos que estar llegando a Nuremberg.




Por lo menos podemos sentarnos juntas, al lado de una señora que hace punto con cuatro agujas. De noche cerrada llegamos al aeropuerto de Frankfurt, donde ya nos espera Amelita con un coche que ha alquilado, y nos lleva hacia Núremberg, aunque Amelia se duerme nada más sentarse.  Amelita y yo charlamos hasta que llegamos a nuestro destino, que a primera vista es una ciudad desierta y oscura. Buscamos el hotel que se llama BURGHOTEL STAMMHAUS. Otra odisea es encontrar nuestras habitaciones, ya que es un laberinto de pasillos y escaleras. 

Cogemos la cama como si no hubiera un mañana. ¡Ni buenas noches nos decimos!

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